Tres recuerdos imborrables en Chetumal

noviembre 11, 2018

Por GASPAR A. LÓPEZ POVEDA

Chetumal fue escenario de tres acontecimientos que me dejaron recuerdos en mi paso por el fútbol, dos de ellos como jugador y uno como técnico de una selección de Yucatán.

No digo que fueron gratos recuerdos, porque uno de ellos fue turbulento y decepcionante, como verá más adelante, si es que sigue leyendo esta rememoración muy personal que quizá a nadie le interese (al menos mi esposa está obligada a leerla).

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Una publicación de mi sobrino Antonio López Pinzón en su cuenta de Twitter el mes pasado, en la que felicitó a Quintana Roo por el 44 aniversario de su conversión en Estado (recuerde que era Territorio de Quintana Roo) originó que los recuerdos fluyeran. Antonio es el director del COJUDEQ, lo que Carlos Sáenz Castillo es en el IDEY.

Vea usted.

Con motivo del primer aniversario de Quintana Roo como Estado, en 1975, el Gobierno organizó un cuadrangular de fútbol. El Instituto Tecnológico de Mérida, en el que jugaba, fue invitado, junto con la selección de Belice, el Esperanza de Campeche y el seleccionado quintanarroense.

Semanas atrás habíamos participado, con mala fortuna, en los Juegos Intertecnológicos de Veracruz (0-0 con Nuevo Laredo, 1-4 ante Zacatepec y 2-8 ante La Laguna), luego de dos buenas etapas de clasificación, en Mérida y en Tuxtla Gutiérrez. En la urbe chiapaneca eliminamos al Tec de Tuxtla tras lograr un empate y una victoria en el Estadio Flor del Sospó. Los chiapanecos tenían un equipo de respeto, comandados por los hermanos Rubisel y Miguel Ángel Casanova. A Miguel Ángel lo saludamos después cuando vino a Mérida a jugar en la Tercera División (1981) con los famosos Conejos de Tuxtla y, en 1984, lo vimos en la Primera División con los Ángeles de Puebla, bajo la dirección del jovencito Ricardo La Volpe. Miguel Ángel, por cierto, está en la breve historia de los Ángeles, pues fue el anotador del primer gol del equipo en su debut, ante las Chivas Rayadas.

Del álbum de Raúl Sosa Alemán: el equipo del Tec de Mérida de 1975. La imagen fue tomada durante la eliminatoria en Tuxtla Gutiérrez

Después de esa mala actuación en Veracruz, viajamos a Chetumal, donde perdimos en el debut ante el once anfitrión. El equipo de Campeche venció a Belice, por lo que jugamos con los beliceños el partido por el tercer lugar.

El encuentro fue en la cancha, sin pasto, de la secundaria técnica y tuve mucha suerte. El choque finalizó 4-4. Nunca había anotado dos goles en un partido, pero ese día lo hice; incluso, un centro mío fue desviado por un defensor para un autogol. No recuerdo quién hizo el otro tanto de nuestro equipo. Quizá fue Raúl “Perro” Sosa Alemán.

Con el empate, el tercer sitio se decidiría en penaltis. El entrenador me dijo que yo iba a tirar uno, pero le pedí que no me incluyera en la lista. Estaba muy agotado.

“Estás en tu día”, me dijo. “Voy a ponerte como quinto tirador”.

Acepté. Generalmente el quinto tirador no llega. O su equipo gana antes o pierde. Pero no fue así. Belice había fallado una pena máxima por lo que si metía mi disparo, ganábamos. No había tanta presión, pues si fallaba se mantendría el empate.

La gente ya había hecho un óvalo alrededor del arco y el área grande. Puse el balón, caminé unos pasos hacia atrás y me enfilé para patear. Finté que iba a lanzar el balón a la izquierda del portero (un negrito de casi dos metros de estatura) y éste se lanzó. Yo disparé hacia el lado contrario, pero le pegué mal a la pelota, que se fue suavemente, casi al centro. El pobre arquero, arrastrándose, intentó detener el esférico con las piernas, pero éste pasó rosándole uno de los zapatos. Gol. Un gol con mucha suerte, que nos dio el tercer lugar; un gol al estilo “Panenka chetumaleño”.

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Una información de mi querida amiga Grétel Mac (la Secundaria General No. 2 celebró su 52 aniversario) dio pábulo a otro recuerdo.

Hace 51 años (soy, pues, de la segunda generación) ingresé a la entonces Federal No. 2, que estaba en una casona en Santa Ana, escuela que fue trascendental para mí. En el plantel que dirigía el distinguido profesor José Emilio Vallado Galaz, con el que mantuve una gran amistad, me inicié en el periodismo, por obra y gracia del profesor Eolo Marte Durán Castillo, escribiendo en el periódico escolar “Mundo joven”. Y desde entonces, no me he podido sustraer a la magia de este fabuloso oficio. Ahí también, con la dirección del Profr. Juan Antonio Rojas Pacheco, jugué con la selección de fútbol del plantel.

Lorenzo Salas Barbudo, Fernando Gómez Canto (luego estrellas de la Col. Yucatán en la primera fuerza estatal), Iván Ricardo Acevedo Aké, el portero de apellido Burgos y Pedro Pérez Rodríguez, entre otros, integramos la selección de fútbol que participó en los Juegos de Secundarias Federales del Sureste en Chetumal en 1969. El torneo lo ganó la Federal No. 1 de Mérida, bajo la dirección del recordado profesor Alfonso Sánchez Tello.

Recuerdo que mi madre me dio $15 (no había para más) para “gastar” en el viaje. Con ellos, en las tiendas de artículos de importación (Quintana Roo era Zona Libre) compré un abanico de sándalo para mi madre y una latita de Tulip para mis hermanos.

Fueron los $15 mejor invertidos en mi vida.

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La decepción, la turbulencia y la desesperación la viví en Chetumal en 1980, cuando fui al frente de la selección Yucatán infantil a la eliminatoria Prenacional (lo que hoy son los Regionales) para los Juegos Nacionales (lo que hoy es la Olimpíada Nacional).

La desesperación, la tubulencia, la viví cuando derrotamos 4-0 a Quintana Roo, en partido jugado en una cancha que estaba sobre la Calzada Veracruz.

Tras el encuentro y al ver la tensión y molestia que había entre los jóvenes que vieron el partido, que comenzaron a ofender a los pequeños, reuní a mis jugadores para salir juntos de la cancha, que no tenía bardas.

Los muchachos comenzaron a acercarse, algunos con ramas que habían arrancado de la maleza que estaba a los lados del terreno, y con piedras. Abracé y empujé lentamente a los chicos para acercarnos a la Calzada Veracruz, cuando alguien me golpeó hasta en dos ocasiones en la espalda con un tronco de la hierba que había arrancado. ¿Qué hacer ante una turba enfurecida y agresiva? ¿Cómo encararlos cuando tienes la responsabilidad de cuidar la integridad de 16 chicos?

No había transporte para el hotel, ni mucho menos algún visor que nos ayudara. El árbitro había desaparecido también.

Cuando la agresividad subió de tono, no nos quedó más remedio que correr. Afortunadamente no nos siguieron, sino sólo nos lanzaron proyectiles mientras abandonábamos la cancha.

Mi desesperación fue cuando sólo tenía conmigo a nueve de mis 16 jugadores, a los que en un taxi trasladé al hotel.

Estaba desesperado. ¿Dónde estarían los otros siete?

Cuando estaba a punto de abordar un taxi para recorrer las calles aledañas a la cancha, llegó a las puertas del hotel un vehículo con los siete niños. Era el auto de mi primo José Antonio López Pacheco, el padre del actual director del COJUDEQ, quien llegó tarde al partido, justo cuando los siete niños corrían asustados en una calle aledaña.

Fue un gran susto para todos. Pero a fin de cuentas fue lo de menos, luego de una actitud antideportiva de un profesor campechano de Educación Física, falto de ética y carente de sentido deportivo.

En el último día del Prenacional, a falta de un partido, estábamos a dos puntos (todavía no se daban tres unidades por victoria) del líder Chiapas, que ya había finalizado sus compromisos. Necesitábamos ganar por tres goles de diferencia para obtener el pase al Nacional.

Campeche, último lugar, con derrotas por goliza en todos sus partidos, era nuestro rival.

Con la banca, fácilmente le metíamos cinco o seis goles, así que ya sentía la clasificación en la bolsa.

Llegamos a la cancha, hice la alineación y hablé con los niños. Cuando les estaba dando las indicaciones, llegó el equipo campechano, que fue a ocupar la banca que le correspondía.

Les entregué las credenciales a los niños que iniciarían el partido y entramos a la cancha cuando el árbitro llamó a los equipos. Pero los niños campechanos se quedaron sentados mientras su entrenador avisaba al silbante que no jugarían, que les decretara el fórfit.

Fui hasta donde estaba el seudo profesional y tras preguntarle por qué no jugarían, con una sonrisa cínica dijo que, si jugaban, los iban a golear y Yucatán iba a ganar el pase al Nacional. Y si perdían por fórfit, Yucatán quedaría eliminado.

Así fue cómo ese “ladrón de ilusiones”, ese “bandido de la Educación Física” acabó con los sueños y las esperanzas de 16 niños, que salieron de la cancha con lagrimas en los ojos, tras recibir un mal ejemplo de una persona mayor, que antepuso su fobia por Yucatán y su resentimiento, al esfuerzo de un grupo de pequeños futbolistas que se prepararon y estaban ilusionados con llegar al Nacional de Morelia.

Esa actitud me dolió más que los golpes con los troncos que recibí en la espalda.

Un comentario

  • eolo duran castillo mayo 14, 2020en3:27 am

    Me da gusto oir y que me recuerdes como tu profesor habiéndote iniciado como cronista del periódico mundo joven , me he enterado que escribes para varios periódicos e igual los gratos recuerdos de que fuiste un alumno destacado en la escuela .Sigue adelante y me gustaría saludarte algún día. t
    Trabajo como director en la Federal 8

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